Toda persona es única.
Toda persona es irrepetible. Estas pueden parecer frases muy manidas,
pero reflexionemos un poco más detenidamente sobre ellas.
Es una maravilla ver y
saber que no ha habido, hay, ni habrá jamás en toda la historia de
la Humanidad alguien más como tú o como yo. Increíble. “Todos tenemos un algo
que nos diferencia de los demás y de alguna manera nos pone por
encima” (Miguel
Ángel Martí García, en su libro "La admiración").
De ahí la
necesidad, como decía Píndaro, de llegar a ser el que eres. Llego a
ser el que soy cuando quito todo lo que de artificial hay en mí,
para vivir de una manera auténtica, honesta y coherente. ¿Lo que
piensen los demás? Me da igual. ¿Lo que dicte mi conciencia? Eso ha
de ser mi juez.
En efecto, llegar a ser
el que soy. Todo el mundo puede llegar a poseerlo todo, pero solo yo
puedo llegar a ser yo.
Hasta la persona que pueda parecer más
desastrosa puede esconder en su interior un tesoro que espera a ser
descubierto. Puede aportar al mundo, a la sociedad. Quizás hoy no, pero
mañana puede dar una sorpresa. O quizás parezca imposible que sea capaz de aportación alguna... y dé la campanada.
Una vida humana no vale
nada debe cambiarse por nada vale una vida.
Toda persona debe ser
fin, jamás medio para algo más. "Quien busque la supervivencia asesinando la humanidad de otro ser humano solo consigue sobrevivir a la muerte de su propia humanidad" (Zygmunt Bauman, en su libro "Amor líquido").
Huimos así de toda
instalación nihilista en la vida. Hasta aquel que parecía un cero a
la izquierda, un buen día hace una aportación
valiosísima para alguien más.
Salvando las distancias, la piedra
que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Toda vida
humana tiene, al menos desde este punto de vista, una dimensión
sagrada.
Y la consecuencia lógica es el respeto infinito hacia todo
ser humano. “Admirarse de los demás
nos lleva a reconocer su dignidad” (de nuevo Miguel
Ángel Martí García en el mismo libro, "La admiración").